03:44
Lo siento. No soy tan fuerte como tu. Nunca lo he sido en realidad, supongo que por eso siempre hice las cosas mal. No tengo tu frialdad ni tu indiferencia, y aunque alguna vez hubiera querido imitarla, he sido incapaz de mantenerla cuando te he tenido ante mi.
El peor sentimiento de todos, el sentir que es un castigo, una pena impuesta por ti a golpe de mazo para cumplir una condena que decidiste en silencio, y realmente duele sentir que piensas que, después de todo, es eso lo que me merezco. No es justo, yo tampoco lo he pasado precisamente bien, ni antes, ni durante, ni a posteriori, pero no es siempre la justicia la que resuelve el dictamen al final de un juicio, y supongo que todos tus abogados estaban dispuestos a hacer lo imposible por derribarme.
Me echaste en cara el reaccionar, según tú, por sentir una pérdida. Es curioso que justo tú, tú mi amor..., me hables de hacer eso como la sentencia que me manda a la silla eléctrica.
Bueno, ese y el sentimiento de impotencia por no conseguir controlar todo lo que se me revuelve por dentro. El no poder ser racional, como siempre he intentado, y mantenerme al margen sin ningún tipo de afección alguna. Pero no puedo. Me descubro haciendo cosas que no son dignas de mi y que no he hecho por nadie y que, para más inri, acaban por demoler las pocas fuerzas que me quedaban.
Como un perdedor en el suelo de un rin ante las miradas de mil espectadores para saber sí seré capaz de levantarme. Como sí me hubieran extirpado un pedazo grande de algo que dejó de pertenecerme hace tiempo, y sólo deja un reguero se sangre tras de mi. Ante una extraña que se postra con mirada de desprecio digna de quien va a darte el último golpe antes de marcharse y celebrar su victoria. Y con la sensación de una derrota tan perfecta que no permitirá que vuelva a caminar, y por lo tanto, volver a participar.
Aquí tienes mis guantes. Cuélgalos tú sí aún tienes algún bien recuerdo.
http://youtu.be/f38BDQC6kPs

No hay comentarios:
Publicar un comentario